Decimonovena vez
y última
Siempre quise matar a mi hermana. Era la decimonovena vez que lo intentaba. Esta vez fue bastante similar a las demás, salvo por un pequeño detalle: esta vez casi lo consigo. Con un estelar lanzamiento de cuchillo que casi le arranca el flequillo, me miró con la boca abierta, asustada y con la respiración entrecortada. En un microsegundo recuperó todas sus fuerzas y, como una gacela, salió corriendo detrás de mí.
Por suerte, estaba cerca del baño y logré atrincherarme allí. Tenía reservas de otros días, así que pensé que podría quedarme un buen tiempo, al menos hasta que lograra escapar de ella. No hizo falta esperar tanto: unas horas después, ya estaba dormida frente a la puerta.
Al final, ella estaba tranquila; sabía que mi deseo de matarla era menor que el gran amor que sentía por ella. Abrí la puerta del baño, y su cuerpo dormido se deslizó hacia un lado. La arropé. Durmió durante días...


